Jimeno Hernández: Elipsis del poder

El presente es arduo, está plagado de tramas enigmáticas y es ejemplo perfecto de la perpetua mortificación que cosechan los tiempos de incertidumbre. En Venezuela el futuro se perfila turbio y borrascoso, no puede ser de otra manera en un lugar donde los problemas llegan a caballo y se van caminando. En las calles de Caracas se despliega una población flagelada por el odio, tensiones sociales e inestabilidad política. Finaliza el año 1834 y el periodo presidencial del General José Antonio Páez concluirá junto a este, así lo establece la Constitución de 1830.

El León de Payara desea retirarse a la vida privada para ocuparse de sus hatos y los negocios. Dice que ya no se siente tan joven como antes y está cansado de los trajines de la política. Así lo ha manifestado en repetidas ocasiones a su amigo Sir Robert Porter y según el inglés, quien lo conoce bien, el hombre tiene cara de estar diciendo la verdad.

El Congreso es el órgano encargado de elegir al nuevo Presidente y entre los postulados figuran tanto nombres de doctores como también de generales. Una buena parte de la población espera con ansias un cambio de régimen y observa con desconfianza las candidaturas militares. Mientras tanto, el sector castrense ve con malos ojos la idea de un civil en la presidencia. Los uniformados piensan que el Congreso no debe elegir a un civil que no ayudó a hacer patria. Que si lo hacen, ellos, que si concibieron la libertad luchando en la guerra, terminarán derrocándolo.

Entre los civiles suenan dos nombres sinónimo de educación y academia, Diego Bautista Urbaneja y José María Vargas. Por el otro lado, entre los militares se postulan los generales Santiago Mariño, Bartolomé Salóm y Carlos Soublette, héroes forjados en las llamas de la guerra emancipadora.

El 20 de Enero de 1835 se instalan las cámaras legislativas y ese mismo día  Páez presenta su mensaje al Congreso y deposita en este los poderes en los que se encuentra investido. El Poder Ejecutivo ahora reposará, hasta la toma de posesión del Presidente electo, en manos del Vicepresidente Andrés Navarte.

¡Que sea cualquiera menos Vargas! Ese patiquín prefirió consumir su tiempo aprendiendo ciencias en Europa mientras el resto de nosotros pelábamos bola defendiendo el suelo patrio durante la guerra. Sería un verdadero bochorno que el Congreso eligiera al doctorcito.

El Dr. José María Vargas ha enviado comunicación al Legislativo solicitándole que retire su candidatura pues no desea por ningún motivo ser Presidente de la Republica. Es sensible y ha sido víctima de los tiros de unos y otros. Su cabeza de científico no está acondicionada para dar orden a ideas atropelladas en medio de la angustia que le genera todo este asunto. Y menos en este país de locos, contumaces y jalabolas.

Con todo y eso, Vargas resulta electo y se convierte así en el segundo Presidente de esta “nueva era” de la Republica. Al parecer se abre un nuevo capítulo en nuestra historia. Ha finalizado el momento del caudillo militar y los diputados han designado a un civil como segundo Presidente.

Por los vientos que soplan, aquí como que nos va a caer un chaparrón. No pasará mucho tiempo hasta que aparezca por ahí un general agitador con ganas de tumbar un gobierno que pocos se calan.