Jimeno Hernández: Los cofres de Bolívar

 

El escritor Cesar Zumeta (1860-1956) fue el primer crítico del romanticismo histórico en Venezuela. Varios de sus escritos advierten los peligros de divinizar al Libertador y vaticinan los trastornos de una historia alejada de los hechos y reducida a himnos y alabanzas a los fantasmas del pasado.

Según él, Bolívar es un rompecabezas que jamás podrá ser completado pues muchas de sus piezas han quedado sepultadas bajo las arenas del reloj y desaparecido para siempre en el hoyo negro del receptáculo. Estos vacíos han sido rellenos con las coloridas pinceladas del chisme, teorías descabelladas y prejuicios como fruto de la imaginación popular. Entonces la palabra engendra una versión abstracta e incomprensible que da vida a las leyendas, que no son otra cosa que deformaciones de la realidad que transgreden los límites de la fantasía. Cuentos que carecen de cronología y no pueden llamarse historia pues no poseen un elemento esencial, la visión nítida y tranquila que  ofrece la lejanía del tiempo.

En la página 473 del tomo XII de las memorias del General Daniel Florencio O’Leary, quien fuera edecán y amigo cercano del Libertador, se hace referencia a un episodio bastante curioso. La entrada es del día 28 de Septiembre de 1830 y según O’Leary, aquel día Bolívar amaneció iracundo y lo convocó a gritos a su despacho. Al entrar al cuarto se encontró al Libertador de brazos cruzados, con las nalgas posadas sobre el chinchorro pero con los pies en el suelo. Frente a él se encontraban diez baúles.

-¡He aquí las pruebas de las infamias de mis enemigos! ¡Algún día se sabrá la verdad! ¡Aun no es tiempo de hablar pues quiero beberme el cáliz hasta las heces!-

Los cofres no contienen oro ni joyas. Únicamente contienen papeles, cientos, miles y millones de papeles que pesan más que un tesoro de morocotas. Se trata del archivo privado del Libertador y allí se encuentran copias de todas y cada una de sus cartas, las respuestas de sus destinatarios y todos sus escritos, resoluciones y discursos.

Allí se encuentra confinada la vida de Bolívar en diez baúles. Todos y cada uno de estos deben ser enviados inmediatamente a Paris a la residencia de Jean Baptiste de Pavageau, un personaje con el que cruzó caminos en su exilio jamaiquino. Se conocieron en la isla inglesa cuando el caraqueño desembarcó allí, traicionado por la fortuna y olvidado por sus amigos. La orden es que los papeles del Libertador deben reposar en manos de Pavageau y este se encargará de publicar su contenido y así contar en Europa la historia de Simón Bolívar.

Unos meses más tarde, el Libertador expira su último aliento en San Pedro Alejandrino de Santa Marta y se da lectura al testamento redactado en fecha 10 de Diciembre de 1830, es decir, una semana antes de su muerte. La cláusula novena de su última voluntad, reza: “Ordeno que los papeles que se hallan en el poder del Sr. Pavageau se quemen”.

Por alguna extraña razón, los albaceas no cumplieron esta disposición testamentaria y los papeles del Libertador no llegaron a desaparecer entre las llamas. Aquellos cofres nunca llegaron a Francia y O’Leary escribió sus memorias en base al contenido. Así redactó historia y evitó la leyenda de Bolívar.

Zumeta tenía razón. “Bolívar divinizado es insignificante; humano es sencillamente magnifico.”

 

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