Jimeno Hernández: El general leyenda

 

El salón de la casa del pez que escupe el agua se encuentra abarrotado de mantuanos curiosos, recién bañados, perfectamente crinados y en sus mejores fachas. El anfitrión ha citado después de la misa del mediodía para un almuerzo de mondongo, hallaquitas y cochino frito para homenajear al hombre de las mil aventuras. Y a eso de las tres de la tarde, aparece el último invitado. Finalmente ha llegado la hora de conocer a la leyenda en persona.

Todos ellos aspiran cruzar palabras con el hombre que ha viajado el mundo, vestido el uniforme de los grandes ejércitos y saboreado las mieles de la gloria tanto en campos de batalla como en el lecho de incontables amantes. Quieren escuchar sus relatos de la independencia de Estados Unidos y de cómo se unió por pura pasión a los revolucionarios de Francia. Ansían conocer los detalles de la toma de Amberes y de cómo casi pierde la cabeza a raíz de la caída de Maastricht. Morirían por saber cómo logró escapar a la guillotina del Terror defendiéndose sin ayuda de terceros y frente a un tribunal sediento de sangre.

Dicen que desde ese instante vive su vida como si el sol no saliera mañana y así llegó a convertirse en el fugitivo predilecto de la muerte, en un experto en las artes de escurrirse entre los esqueléticos dedos de la sayona. Además las lenguas viperinas de Caracas susurran por ahí que es dueño de un singular tesoro conformado por cofrecitos nacarados en los que supuestamente guarda los mechones púbicos de cada una de sus conquistas amorosas.

Después de treinta años afuera y una incursión rebelde fallida en 1806, lo reciben con honores en su desembarco de 1811 y la Junta Suprema de Caracas lo ha nombrado Generalísimo del Ejercito Patriota. La gente se emociona al oír su nombre y nadie vacila al decir que es el elegido para liberarnos y crear un nuevo Estado, una vaina que se llama República en la que todos seremos iguales y tendremos los mismos derechos.

–¡Ese Francisco de Miranda es un carajo arrecho de verdad!-

En mismo momento el General Leyenda hace su entrada al salón y se impone un silencio sepulcral pues ninguno de los invitados puede creer lo que ven sus ojos. Este tal Miranda es un sexagenario de mediana estatura y larga cabellera blanca amarrada como cola de caballo, lleva un arete de plata en la oreja, viste a la europea y tiene modales elegantes.

-¿Y quién es ese francés afeminado?- pregunta en voz alta el imprudente. Y como si semejante ligereza no fuese suficiente, se responde a sí mismo: –Si ese es Francisco de Miranda, a ese canario como que lo mariquearon en Europa.-

Basta y sobra que se filtre el primer chistecito en esta camada de correveidiles para que aquellos que ambicionaban hablar con él, distraigan sus atenciones súbitamente, busquen los ojos del compinche y se desaparezcan de la sala para discutir la escena en privado. Ahora quieren convertirse en los primeros en salir a la calle y sembrar el chisme en la oreja de cualquier pendejo que se encuentren por ahí.

-Ese musiu Pancho es un tipo raro. Yo lo vi en persona y ese carajo o es más más bulla que la cabuya o es mucho camisón para Petra.-