Jimeno Hernández: Don Felipe Larrazábal

 

Una de las personalidades más interesantes de los años del liberalismo del Siglo XIX, fue sin duda Don Felipe Larrazábal, un civil que los cronistas han vinculado a la sapiencia histórica, económica y política del país. Fundó “El Patriota” y entre sus páginas dio rienda suelta a una pluma que supo esbozar la realidad de su presente, tipificar problemas y proponer soluciones en aras de sembrar la esperanza del progreso en una patria dividida y castigada por la guerra.

Prueba de ello es un escrito titulado “El atraso de la agricultura venezolana” (1869), un esbozo literario de la realidad rural del país. En esta obra, se despliegan horizontes atestados de pueblos fantasmas que aparecen y desaparecen entre los humos de la candela, las cenizas y los guaicales. Los campos se encuentran abandonados pues las tolvaneras de la guerra han arrancado a los campesinos de la tierra y los han encaminado por el trillo de la muerte. En Venezuela no crece ni la maleza, lo que sobra es hambre y los campos son paraíso de moscas y zamuros. Larrazábal dibuja el panorama y propone soluciones a la problemática que fustiga los campos pues su objetivo es sentar las bases para el restablecimiento de las actividades agrícolas en el país.

Lo curioso de este ensayo no es la plausible preocupación del autor por el atraso de la actividad agrícola venezolana, ni lo es su habilidad para comprender y bosquejar la realidad de la problemática rural de aquellos días. Lo más interesante de este escrito es su epilogo. Al final del texto, Larrazábal permite a su imaginación despabilar. Entonces parece olvidarse de aquel lugar devastado por largos años de violencia y abandona ese miserable terruño de caminos teñidos de sangre, sabanas calcinadas y horizontes empedrados de carapachos. Para él soñar es gratis y por ello plasma su visión futurista de la capacidad agrícola de la Venezuela de 1969.

Adelanta las agujas del reloj y en su mente brotan más de nueve mil leguas cuadradas de tierra arada, todas destinadas a los cultivos y el pastoreo. Puede visualizar claramente los cultivos de café en la cordillera de Mérida y Trujillo; un infinito mar verde de pastizales en los llanos en el que se cría y engorda un inmenso rebaño vacuno; el valle central florecido con la espiga de la caña de azúcar y todo el Oriente sembrado de cacao. Para él, toda la costa desde Maracaibo hasta la Península de Paria, está arada, sembrada y productiva.

En su cabeza, ese paisaje se cristaliza en progreso y una mejor calidad de vida para el venezolano. Sus palabras presagian la fundación de nuevas ciudades a orillas de nuestros caudalosos ríos y estos siendo navegados por miles de vapores de carga que remontan nuestras arterias fluviales de polo a polo y utilizan la desembocadura del Orinoco como puerta al comercio internacional del producto que le sobra al pueblo de Venezuela.

Para Don Felipe, este panorama engordará el capital nacional sin límite concebible e impulsará beneficios en las diversas clases sociales. En su fantasía, el trabajo de nuestros compatriotas estimulará la vida social del venezolano, fomentará la educación y orientará a la sociedad a hacer de este, un mejor país para los herederos de esta historia.

Esta es la historia de un sueño que se ahogó en petróleo.

 

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