Jimeno Hernández: El diario de sir Robert

 

El martes 29 de noviembre de 1825, llega a Caracas una persona bastante curiosa y singular. Su nombre es Sir Robert Ker Porter, es caballero de la corona y ha llegado a la ciudad para desempeñarse como el primer Cónsul ingles en Venezuela.

Cuando el hombre se pasea por la calle, la gente lo observa como si se tratara de un pájaro extraño. Muchos ríen y cuchichean a sus espaldas pues su manera de vestir evidentemente lo hace pasar calor y también porque va para todos lados con un cuadernito en el que anota sus aconteceres cotidianos. Se trata de su diario, una serie de observaciones y comentarios sobre su nueva vida en este pintoresco rinconcito del mundo. Su testimonio es crónica y la crónica es historia, he aquí una imagen efímera de aquellos tiempos olvidados de la Gran Colombia.

Al verla a la distancia por vez primera, en la cabeza de Sir Robert se desmorona instantáneamente la ilusión de una estadía placentera. Caracas es el retrato vivo de un pueblo físicamente devastado por los estragos de un terremoto y las llamaradas de una guerra. “Aquí se pueden ver casas sin techo, con árboles crecidos en su interior y ramas saliendo por las ventanas… Hay calles enteras hundidas y cubiertas de hierba y estiércol.”

Se hospeda en una pensión que describe como “un triste y miserable hueco asqueroso y lleno de pulgas en el que la comida no tiene nada que envidiarle al sitio”.  Y para colmo de males, al poco tiempo de alojarse allí, se entera que no muy lejos de su hogar, existe una esquina que los caraqueños han bautizado como “el peligro” pues allí suelen mangonear los malhechores en horas nocturnas.

Hasta el más mínimo detalle despierta la curiosidad de Sir Robert en este extraño lugar y él lo anota todo en su diario. Paciente y meticuloso recopila día tras día sus observaciones de nuestra sociedad, sus costumbres y este nuevo gobierno.

Le inquieta el hecho que Caracas tiene pocos habitantes y estos son en su mayoría “negros y gente de color, ignorantes, perezosos y llenos de vicios”. Mientras tanto los libertadores, nueva elite republicana, se comportan como “niños con juguetes nuevos” y no parecen preocuparse en lo más mínimo por las desgracias de su triste realidad. “Pasará mucho tiempo para que una próxima generación, de la que se espera reciba mejores y más puros elementos de educación y moral, estos países deberán seguir siendo presas de la envidia, la ambición inquieta o avaricia egoísta y peculado. La revolución actual tiene su origen en todos estos costos.” En semejantes condiciones únicamente puede germinar y florecer la espinosa trepadora del caos.

El 15 de Diciembre de ese mismo año escribe: “Reina aquí una gran apatía, tanto mental como física que, por supuesto, se extiende hasta los Departamentos del Estado. La causa parece ser la indolencia, la gran venalidad, la indiferencia, debidas a la envidia personal de algunos y la supuesta decepción de otros. Aquí a nadie le importa hacer nada, ni siquiera su deber particular, pero ninguno pierde la oportunidad de robarle al gobierno si su situación le proporciona los medios”.

Entre las ruinas y la desolación de este lugar, escasean las esperanzas y aunque el tiempo continúe su incansable caminar, por aquí no parecen pasar los años.

 

 

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