Jimeno Hernández: ¡Así era Páez coño!

En Venezuela conviven dos bandos que no parecen entenderse y aunque ambos se encuentren azotados por el mismo maleficio y sufran por igual las penas del hambre, los estragos de la guerra y la fetidez de la muerte, aún no han descubierto que juntos podrían prevalecer y distanciados fracasarán. Ha llegado el momento de ensamblarnos si aspiramos derrotar la tiranía.

El nombre de Simón Bolívar marcha apresurado hacia su altar de la gloria y los caraqueños lo han bautizado como “El Libertador”. Estos acumulan sus esperanzas de libertad en la figura del mantuano sin saber que su fama, su linaje, ese título rimbombante y un diminuto ejército mal armado, no bastarán  para contener la invasión del General Pablo Morillo.

Corre el mes de Enero de 1818 y el panorama luce realmente complicado. Bolívar controla Oriente y es jefe indiscutido de la rebelión gracias a su “Campaña Admirable”. Su próximo paso es tomar la Guayana y para lograrlo debe solicitar el apoyo del Ejercito del Casanare, una horda de jinetes que monta a pelo y lleva como armas, largas ramas amoladas, mecates de cuero  y el machete que les cuelga en la cintura. Obedecen a un catire que dicen nació aprendido, trabaja más que un burro y cuando se arrecha es más fiero que un  caimán. Es la máxima autoridad de los llanos y él y Bolívar se conocen    gracias a lengua ajena y se admiran mutuamente pues ambos arrastran leyenda en vida. Ya han intercambiado cartas y en una de estas, finalmente han acordado conocerse cara a cara.

Después de una prolongada cabalgata bajo un sol inclemente y un cielo desnudo de nubes, Bolívar llega en horas de la noche del 31 al punto de encuentro, el Hato “Cañafístola” cerca de San Juan de Payara en el Estado Apure. Llega sobre un corcel bien aperado, emperifollado con charreteras y escoltado por una brigada de la Legión Británica impecablemente uniformada. Desea impresionar al llanero en aras de formar una coalición en contra de la ofensiva realista.

Su recibimiento lo sorprende y al desmontar no puede creer el desorden que se despliega ante sus ojos. En el sitio hay cientos de fogatas en las que se asa carne en vara y se concentran miles de llaneros que entre risas y sorbos de aguardiente, alpargatean un joropo trancado al son del arpa, cuatro y capacho.

Lo recibe un negro llamado Pedro Camejo y lo lleva hasta donde se encuentra Páez, quien al advertir su llegada al campamento sale a su encuentro.  Y Allí, en la mitad de aquel zaperoco, se conocen por primera vez esos dos hombres. Uno perfumado y perfectamente vestido mientras el otro anda sin camisa, con tufo y descalzo. Esa vaina no importa. Igual se dan la mano, se abrazan y brindan frente a todos con espirituoso antes de compartir carne asada.

Nace así una alianza en la que se fusionan dos elementos que forjan un arma perfecta para esta guerra. La formación académica de Bolívar ha tallado un brillante estratega para la organización y dirección de los planes de la campaña, mientras la experticia de Páez en el manejo de los medios y sus comandos especiales de llaneros que él mismo lidera, se convierten en la mano ejecutora de los planes del Libertador.

En la unión está la fuerza.