Jimeno Hernández: Allá le van los andinos sr. Presidente

 

Igual que José Antonio Páez en 1847, igual que los hermanos Monagas en 1851 y 1856, e igual que Antonio Guzmán Blanco en 1877, el General Joaquín Crespo, en 1897, pretende imponer un sucesor sin importarle los ánimos de la ciudadanía o el contingente electoral opositor. El nombre del elegido es Ignacio Andrade, un General merideño que se ha ganado su confianza y parece sumiso ante sus órdenes.

Ahora la cosa no es tan fácil como en otros tiempos pues la Constitución de 1893, en su artículo 13, establece que la elección debe ser universal, directa y secreta. Esta vez existe alguien que  puede frustrar los deseos del caudillo. Uno que se ha asesorado con extranjeros especializados en las ciencias de las campañas electorales y recorre el país convirtiéndose en el hombre del momento. Se llama José Manuel “El Mocho” Hernández y goza de popularidad por ser hombre honrado y trabajador.

En las tertulias de la plaza se comenta que el resto de los candidatos no tiene vida. La gente dice que Rojas Paul es un cristiano empedernido, que Castillo es un enamoradizo que únicamente le interesan las mujeres de moral distraída, y que el poeta Arismendi Brito solo sirve para recitar versos. La gran mayoría parece estar de acuerdo en que su voto por Hernández traerá  el cambio político que anhelan y todo parece indicar que será este el próximo Presidente de la Republica.

Las ilusiones de un nuevo horizonte político se convierten en espejismo cuando Andrade es proclamado vencedor de los comicios con más del 99% de los votos. Inmediatamente se empieza a hablar de fraude y la prensa mofa los eventos diciendo que: “El mocho se quedó con las masas, Andrade con las mesas, Rojas Paul con las misas, Castillo con las mozas y Arismendi con las musas”.

Y como las instituciones del país son tristes marionetas que únicamente saben complacer los caprichos del jefe, la elección de Andrade como nuevo Presidente resulta inapelable. La única solución que admite la cabeza de Hernández ante  la usurpación del poder es la rebelión y  el desconocimiento del régimen. Es así como el hombre ensilla su bestia, cabalga hacia el centro del país y desde allí hace escuchar “El Grito de Queipa”, una revolución para deponer el régimen liberal.

Crespo sale a cazar al insurrecto y es víctima de una bala que acaba con su vida cerca del Hato “La Mata Carmelera” en Cojedes. La muerte del “taita” decapita al partido liberal y le arrebata a Andrade su arma más poderosa contra la rebelión “mochera”. El General Ramón Guerra hereda el puesto vacío como jefe de la primera circunscripción militar y termina apresando al alzado en tierras de Yaracuy.

Así se apagó aquella candelita, pero Venezuela sigue siendo un cuero seco que cuando se pisa por un lado se levanta por el otro. Muerto Crespo y preso el Mocho, surgen nuevos aspirantes al poder y comienzan las traiciones. Andrade empieza a pagar los platos rotos de la pésima administración del difunto y la crisis heredada le produce un progresivo desamparo político, militar y social.

La rebelión ahora le viene del Táchira y cuando esta llega al centro, Luciano Mendoza, General del gobierno, envía un telegrama al Presidente: “Allá le van los andinos a Caracas. Y quien sabe por cuánto tiempo”.

 

 

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