Jimeno Hernández: Así cayó el coloso

Yo, Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, Libertador de la Republica de la Gran Colombia, natural de la ciudad de Caracas del departamento de Venezuela, hijo legítimo de los difuntos señores Juan Vicente Bolívar y María Concepción Palacios, hallándome gravemente enfermo, pero en mi entero y cabal juicio, memoria y entendimiento, hoy les digo que vivo libre y  en un mundo donde la ley ya no me alcanza.

Ya han colgado en mi recamara de San Pedro Alejandrino, encima de la cómoda y a cambio del espejo, el retrato que me realizó José Gil Castro en Perú hace 5 años, el más semejante y casi exacto a mi persona. Ha llegado la hora de los santos oleos pues sé que sucumbiré aquí en Santa Marta, en una cama ajena y con esta camisa prestada.

Sé que jamás volveré a montar a caballo y que no volverán a develarse nuevos horizontes ante mis ojos. Que nunca más me embriagaré con los aplausos al entrar a un salón, o a deleitarme con la zalamería de todos aquellos que me extasiaban con las mieles de su adulancia. Sé que mis segundos de gloria finalmente se han agotado y que no volveré a mecerme en mi hamaca leyendo mis libros o dictando cartas dirigidas a los amigos y enemigos que alguna vez orbitaron mi existencia. Ya todo ha terminado para mí.

Esta vida ya no me pertenece y no me da vergüenza que vean en mi cadáver un hombre arruinado que expiró sin tener donde caerse muerto. Ahora no miraran a este espectro de carne y hueso, ahora verán al Libertador en el pico de su Gloria con charreteras, espada y una ceja alzada. Será esta la imagen que los aconseje no tirar la primera piedra.

Me verán en mi apogeo de la época dorada de Lima. Percibirán la imagen del gigante que liberó pueblos y engendró naciones. Ellos borraran de sus memorias aquellas cosas que yo jamás pude dejar de lado. Olvidaran los eventos del fatídico 1812, año de mi peor fracaso militar cuando el 30 de Junio dejé caer el Castillo San Felipe de Puerto Cabello en manos de los realistas. La Primera Republica murió con mi fiasco y además lideré a los coroneles participes en la intriga palaciega que se deshizo del Generalísimo Francisco de Miranda.

Ahora que estoy seguro que esta alocada carrera entre mis males, mis sueños y mis laureles ha llegado a su final, comprendo que olvide la lección más simple de la vida, que Dios puede ser hombre, pero que un hombre jamás podrá ser Dios.

Ni las glorias del Ejército, ni la libertad que les he conseguido a costas de mi tiempo, mi bolsillo y las llagas que me han salido en las nalgas, pudieron evitar que me dejaran sin hogar o que me llamaran el tirano longanizo en mi bautizo de estiércol al salir por última vez de Bogotá sobre el lomo de una mula.

Ahora quieren que como el Cid continúe ganando batallas después de muerto. En vida degusté el desprecio y entendí la frase de Moliere que dice que el desprecio es una píldora que tratamos de saborear con una sonrisa y al final tragamos haciendo una mueca.

Todo coloso perece ante las brisas del desprecio y el abandono.