Jimeno Hernández: Correspondencia entre los hermanos Castro

A partir del año 1909, la vida del General Cipriano Castro se convierte en un peregrinaje interminable que lo hace deambular por las Antillas y países del viejo continente. Su patria se ha reducido a un navío cuyas velas se hinchan de falsas esperanzas y su brújula tiene como norte el puerto más cercano.

En la oscuridad de las noches de ultramar, el vaivén de las olas menea su chinchorro y el hombre delira. En sus más placidos sueños se topa con el compadre cara a cara en un baile, lo llama Judas y lo decapita frente a todos con su espada.

Abrir los ojos y despertar a la realidad es ahora la pesadilla del Cabito. El dueño de Venezuela que llegó a tener un séquito de aduladores y mantener 23 casas para sus amantes desperdigadas por todo el país, ahora es un Don Nadie confinado a un barquito.

Castro no tiene paciencia y desea retomar el coroto cuanto antes pero para lograr su objetivo necesita de amigos y dinero y no tiene ni uno ni lo otro. La ironía de su historia lo indigna y lo hace revolcarse en su desdicha. Él que paralizó los pagos de la deuda externa y enfrentó un bloqueo de las potencias europeas diciendo que la planta insolente del extranjero había profanado el sagrado suelo de la Patria, ahora debe tragarse sus palabras y solicitar dinero europeo para financiar su retorno al poder.

Es un golpe duro a su orgullo deambular de puerto en puerto pidiendo cacao. Y para aderezar su malestar, las diligencias y reuniones resultan infructuosas a pesar de su esmero. Sufre el acoso de las potencias resentidas por la política que mantuvo hacia ellas durante los 8 años que se mantuvo en la presidencia.

Observa como las arenas del reloj se acumulan en el receptáculo y cada vez que zarpa de un puerto buscando el próximo destino siente su sueño más lejano. Vive con el alma aferrada a la fantasía de volver a Venezuela y sufre en silencio su muerte política como suplicio lento y prolongado.

En los Estados Unidos es puesto preso por las autoridades de inmigración y es deportado. En 1916 le cae la locha y deja de mendigar para su revolución contra el compadre traicionero. Se establece en Santurce de Puerto Rico donde muere el 5 de Diciembre de 1924.

El 10 de Junio de 1910 se encuentra en los muelles de Santa Cruz de Tenerife y desde allí le escribe una carta a su hermano Celestino quien se encuentra exiliado en Colombia. En la epístola le dice que los acontecimientos se precipitan y le asegura que la justicia divina es inexorable. Que Gómez caerá a menos que Dios entre sus inescrutables designios tenga escrito el capítulo de la pérdida y disolución de la patria, en cuyo caso “nosotros no volveríamos allí”.

Dice: “Volveríamos

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únicamente por el tiempo indispensable para arreglar nuestros negocios y salir enseguida pues Venezuela marchará regular muy transitoriamente !Y digo regular porque bien jamás podrá marchar! !La gangrena ha invadido ya todo el cuerpo social! De Venezuela no sería aventurado decir que es un manicomio.”

Palabras de un siglo de antigüedad que aún tienen vigencia y pesan en la memoria y la conciencia de la realidad venezolana.

Este país siempre ha sido un manicomio.