Jimeno Hernández: Presidente con zamuro de prendedor

Un verdadero enamorado del poder únicamente sueña con casarse con la Presidencia de la Republica. Una vez posadas las nalgas sobre el trono se abre el telón a los dramas y comedias de esa temida e irreversible promesa del “Hasta que la muerte nos separe”.

Para alcanzar la cima hay que perseverar; ser temible como el Tío Tigre; poseer la viveza del Tío Conejo y tener un cántaro inagotable de paciencia. Así lo entendió un compadre aragüeño de Guzmán Blanco a quien sus contemporáneos recuerdan como todo un criollo por dicharachero, corajudo y mujeriego.

Imponente, siempre cínico y ataviado de una sonrisa socarrona, el General Francisco Linares Alcántara escribe los destinos de sus enemigos diciéndoles a la cara y sin empañar las cordialidades palatinas: – Te voy a poner un zamuro de prendedor-

Recorrió el país como soldado viviendo los baños de sangre y las miserias que maquillan los años tempestuosos de la guerra. Y como en aquellos tiempos las armas eran los aparejos de la política, el hombre terminó ocupando un curul en el Congreso Nacional.

Al estallar la Guerra Federal se une a Falcón y Zamora para sumarle estampa a su leyenda. Goza por primera vez de las mieles del poder el 27 de Abril de 1870, día de la triunfal entrada a Caracas del compadre y en la calle la gente los aclama como héroes de la patria.

El hombre es político sagaz pues arrima con precisión, bocha sin vacilar y sabe que la regla más importante del juego es que jalabola no pela bola. En las tertulias hace alarde de sus encantos y escoge sus palabras sabiamente en aras de conquistar a la comadre Ana Teresa, la única persona que conoce la parte blanda del corazón del Ilustre Americano.

Lisonjea al patrono nutriendo el apetito insaciable de su vanidad y en uno de sus pasos por La Victoria, Linares demuestra su fidelidad en un acto majestuoso. Lo espera firme entre aplausos hasta que Guzmán desmonta de su corcel y le hace entrega de un esplendoroso bastón. En la cacha dorada hay un epitafio: “Guzmán, dejaras de tener amigos cuando la gratitud se extinga.”

Inmediatamente después del gesto zalamero, hace desfilar frente a las barbas peinadas del dictador una tropa de 6.000 aragüeños armados. Al son de la trompeta y el tambor reviven el fiero espíritu de los lanceros del llano y eso es lo que desea el de Turmero. Él conoce perfectamente la trama que se esconde tras los bastidores del teatro. De tonto no tiene un pelo y sabe que una muestra de lealtad al caudillo también puede ser una demostración de poderío.

Finalmente escucha las campanas de la gloria cuando el Congreso Nacional lo hace Presidente. Ha llegado su hora como el nuevo amo del fundo y sabe que para perpetuarse lo único que debe hacer es preservar los muñecos del compadre y el tiempo hará el resto.

La gratitud se extingue rápido y empieza la reacción anti Guzmán. Linares quiere mas y tiene la clave del éxito para hacerlo. Cuando le preguntan qué planes tiene para gobernar, responde irónico “Me montaré en la torre de la Catedral con una cesta de morocotas para tirarle al que pase”.

Linares resultó ser el del zamuro por prendedor. Murió al año siguiente pero el hombre estaba clarito